lunes, 5 de marzo de 2012

Camino al Nirvana

Su ánimo artístico coloca a la isla bajo los reflectores turísticos de Asia

Haydé Murakami / Enviada


Kaohsiung City, Taiwán (4 marzo 2012).- Con todo y raíz, un diente mide aproximadamente unos dos centímetros cuadrados. El extraño dato odontológico viene a cuento porque en este caso es un dato viajero: para albergar un diminuto diente se ha construido al sur de Taiwán un recinto de 10 mil millones de centímetros cuadrados (100 hectáreas), que abrió el pasado 25 de diciembre en el distrito de Dashu y que ya ha recibido a cientos de miles de peregrinos y viajeros.

Es que no es cualquier diente, obvio, sino el que por tradición se cree que es una de las únicas reliquias físicas que existen del mismísimo Buda Gautama, recuperado de entre sus cenizas en el siglo 4 a.C.

Casi una década llevó la construcción de este nuevo centro de peregrinaje, ubicado a un kilómetro del magnífico monasterio Fo Guang Shan, el más grande y uno de los más prestigiosos de la isla.

El sitio, ubicado en una colina en medio de un bosque de bambú, es dirigido por el Venerable Maestro Hsing Yun, quien diseñó en persona el proyecto del inmenso Buddha Memorial Center, luego de haber sido honrado con la custodia de la pieza, el 8 de abril de 1998.


Que la vida es sueño

Tras la puerta custodiada por leones y elefantes, se le rompe al occidental cualquier expectativa sobre un sitio de peregrinaje. Un Starbucks, ni más ni menos.

Pasos más allá, un sofisticado restaurante, una chocolatería gourmet y tiendas que venden souvenirs a precios no tan modestos.

Más que un sitio religioso, esto parece un sueño bizarro. El visitante, ahora convertido en soñador, pasea en un elegante centro comercial, con monjes que van de aquí para allá charlando animadamente y caminando a paso lento delante de grupos de personas con cámara en mano. Al final del improbable "mall" hay incluso un local dedicado a vender fotos del recuerdo.

Este sueño, como todo sueño, pasa abruptamente a otro escenario tras la puerta de cristal. Jardines inmensos, un camino largo y ocho pagodas que simbolizan el Noble Sendero Óctuple, ese que promete conducir al cese del sufrimiento.

Al fondo, por supuesto, espera el que con sus 108 metros es hoy el Buda sentado más grande del mundo, según la información de Venerable Man Ho, la monja que nos acompaña.

Las paredes exteriores e interiores de la plaza cuentan la historia del Buda en textos e imágenes en bajorrelieves.

Entramos al edificio con forma de estupa (símbolo de la mente iluminada). Cinco pisos divididos en salas –algunas con aditamentos robotizados– con budas, esculturas, tallados, inciensos y velas. Al final, la sala principal.

Nada de fotos. Para ganar mérito, se puede hacer una ofrenda, que se consigue ahí a cambio de una donación.

Puro silencio en la sala recubierta de piso a techo de madera tallada y decorada con dos enormes cuadros de jade. Al frente, un buda blanco recostado y sonriente no roba la atención a la vitrina que está a un metro sobre él y que resguarda la reliquia.

No hay un letrero que la marque, pero para los que soñamos aquí es una obviedad que esa es, aunque no haya manera de acercarse mucho.

En lugar de bancas, hay escritorios, donde los peregrinos copian con fervor el "sutra del corazón" (texto budista) mientras elevan oración. Algunos padres ayudan a los pequeños con la caligrafía con la esperanza de que se unan al millón que descansará en el sitio.

Y luego de presentar respetos, algunos peregrinos acuden al restaurante ubicado en el exterior de los jardines. A diferencia de aquél del principio, este es modesto, y no se cobra más que lo que el visitante quiera ofrecer a cambio de la generosa porción de arroz, tallarines y verduras. Una lección budista activa: "dana" o generosidad.

El museo del lugar da otra vuelta de tuerca al sueño. Budas bonachones hablan con los niños sobre el camino del Dharma, maniquíes dramatizan escenas religiosas, una ruleta ofrece una sentencia budista al detenerse, y el anuncio del porvenir y las bendiciones se activa al colocar las manos bajo un sensor electrónico.

Los soñadores comienzan entonces a sospechar que sueñan, pero también que, como sugieren los budistas, pueden aspirar al verdadero despertar un día. La monja que nos acompaña se sonríe asintiendo, y mete las manos también bajo el sensor y nos muestra las palabras que contiene, como ofreciéndolas: "Good luck!".


Experiencias religiosas

Con presencia en 173 países, el monasterio Fo Guang Shan, era ya un extraordinario atractivo turístico y de peregrinaje desde mucho antes, tanto que en 1997 se decidió cerrarlo al público para garantizar a los monjes el ambiente de reclusión.

Afortunadamente, a mediación del entonces presidente de Taiwán, se reabrió en el 2000. Una estatua de 36 metros de Amitabha, Buda de la Luz, domina el área, que también tiene jardines temáticos, pabellones, centros de estudio, pagodas, lagos, puentes, senderos, templos, cientos de piezas de arte y, por supuesto, el área de reclusión, todo envuelto en el simbolismo y estética de la aspiración de alcanzar el estado de budeidad.


De alma creativa

Dicen que hace apenas unos años Taiwán era un destino turístico más bien grisáceo, aburridón y sin mucho carisma con el que batallar con los competidores glamorosos del vecindario.

Es más, si uno enfrentara la descripción de alguien recién llegado de la isla con la de otro que acudió hace 20 años, cabe la posibilidad de que el primero sospeche que el segundo consumió alguna sustancia que le obnubila los recuerdos seriamente.

Es que un dragón, dicen, da el estirón así de rápido. Junto con Singapur, Corea del Sur y Hong Kong, Taiwán formaba parte de esa "pandilla de los cuatro" que captó la atención internacional por su crecimiento milagroso, basado en su desarrollo industrial, a finales de la década de los 70.

Aquí y allá se dejan ver retazos de aquellas ciudades grises que al parecer han ido cediendo paso, sin mucho jaleo ni resentimientos, a la brillante urbe llena de creatividad que hoy muestra como rostro al visitante.

Sin resentimientos, será quizá, porque esa nueva cara justamente procura enroscarse en las viejas estructuras, en lugar de eliminarlas groseramente: grandes pantallas digitales dan la bienvenida a los mercados nocturnos más tradicionales, donde se puede encontrar igual el famoso "tofu apestoso" y carne de serpiente, que lo último en tecnología, fundas para iPods con la imagen de Steve Jobs, ropa que marca tendencias internacionales o hierbas para combatir la migraña.

Pero probablemente el ejemplo más claro de este salto malabárico de Taiwán a la arena viajera puede pulsarse en su revolución artística.

Hay que tener el ojo atento porque el afán creativo puede surgir en los lugares menos obvios, por ejemplo, en una estructura de la compañía de electricidad, en una banca para esperar el autobús, en una grúa, en un camión de basura o en un vagón del metro.

Parece que todo se ha convertido en un lienzo aceptable para la decidida nueva generación de artistas taiwaneses. Quizá valdría de buen consejo acudir antes al Museo del Palacio Nacional de Taipei para adivinar el gusto de esta sociedad por el arte, mirando su vasta y magnífica colección que recorre 8 mil años, antes de aventurarse a descubrir su peculiar siglo 21.


Taipei: Intervenir la memoria

Una bailarina de tap ensaya sus complicados pasos sin ningún pudor ante los paseantes frente al edificio principal de una antigua productora de vinos. Por las ventanas y puertas de éste salen y se tuercen –se diría que hasta con gracia– ramas y raíces de los árboles que poblaron el lugar en el periodo en que fue abandonado.

Algunos grafitis y otras obras de "vandalismo artístico" también siguen ahí, pero hoy este sitio se llama Parque Creativo Huashan 1914, y está muy lejos de regresar al abandono.

Cuando el grupo teatral Golden Bough descubrió el potencial del espacio en 1997 y lo utilizó sin permiso para presentar espectáculos experimentales, no tardó en llegar después una avalancha de artistas para apoyar la colonización.

La pequeña batalla legal terminó en una gran victoria en 2007, cuando la compañía privada Taiwan Cultural-Creative Development Co. tomó responsabilidad total del lugar, convirtiéndolo en apenas cuatro años en uno de los referentes de arte obligados de esta capital.

Muchos creadores tienen aquí sus estudios, talleres y tiendas. Incluso se pueden ver algunas piezas interactivas del Museo Nacional de Taipei, intervenidas a manera de arte multimedia, para estar a tono.

Así, cobran vida los campos de arroz, los animales y las fiestas de los viejos pergaminos con sólo alzar la mano, pájaros vuelan de un cuadro a otro y peces esquivan los pies de los paseantes que caminan sobre el lago proyectado en el suelo.

Los lugareños han abrazado rápidamente este sitio en el que no hay lugar para el aburrimiento, ya que los espectáculos, talleres, presentaciones, obras de teatro, desfiles o festivales nunca son los mismos, además de que restaurantes y bares ofrecen casuales mesas en exteriores para disfrutar de música en vivo por las noches.

Si Huashan 1914 resulta demasiado agitado, el paseante en busca de arte puede dirigirse mejor hacia el sereno campo escultórico de la Taipei National University of the Arts, donde las familias conviven, las parejas romancean, algunos solitarios flirtean mientras pasean al perro y los niños vuelan cometas entre monumentales piezas de escultura que pueden igual representar un dragón estilizado, que un Mazinger Z o un auto con patas.

Este gigante complejo universitario en el barrio de Kuandu es gran culpable en parte de la revolución artística, dedicándose exclusivamente a ser un semillero de talentos de música, teatro, guionismo, cine, danza, arquitectura, diseño, artes plásticas y multimedia, museografía, preservación histórica y cultura popular.

También se halla aquí el Museo de Bellas Artes de Kuandu, un teatro y una sala de conciertos de calidad internacional.

El día bien puede terminar en Paulaner Brauhaus Taipei, que se precia de tener los mejores dumplings del área, y que ofrece un ambiente raro, pero simpático, meseros vestidos como si hubieran perdido los Alpes en algún lado, con temática cinéfila y música en vivo.


Kaohsiung: Puertos inspiradores

Otro ejemplo destacado de cómo los artistas han transformado los grises espacios otrora industriales en un hervidero de creativos se puede ver al sur de la isla, en Kaohsiung, tercera ciudad más importante de Taiwán.

La conquista del pasado comenzó en el año 2000, primero con una enorme y vieja bodega en el muelle número 2, y luego otra y otra, hasta hacerse de todo el muelle donde aún laboraban trabajadores del acero.

Ahora, en lugar de azúcar y harina de pescado, las bodegas y contenedores guardan obras de arte y mentes que desbordan su creatividad por las paredes, aceras, jardineras y hasta por los árboles.

Y como la labor de colonización artística fue paulatina, algunos trabajadores acereros que tenían sus talleres ahí, se descubrieron de pronto entre esculturas, festivales, performances y bares de diseños vanguardistas.

Acariciado por la brisa marina, el paseante puede dejar en la caminata horas, simplemente andando por la acera y admirando las paredes o las múltiples parejas de gorditos de fibra de vidrio que adquieren nueva personalidad cada tres meses gracias a la multitud de artistas que se alterna su decoración, al estilo del Cow Parade.

Un atractivo de este barrio en el distrito de Yancheng es el antiguo restaurante flotante... sólo para fotos, porque ya no está en funcionamiento. A cambio, se puede tomar una copa o escuchar música hasta entrada la madrugada en The Wall, o de plano subir a uno de los barquitos a platicar con los pescadores que aún trabajan ahí.

Y luego, por ningún motivo hay que perderse un paseo en el metro de Kaohsiung. Varias estaciones son icónicas en cuanto a las obras de arte que se exhiben, particularmente la R10 (de la línea roja), que presenta permanentemente un domo de enormes vitrales de colores, y algunas piezas de arte que van cambiando a cada tanto.

Busca en el piso las marcas que indican (ya nos hicieron la tarea) el punto desde dónde podrás obtener la mejor fotografía. Ya para este momento habrás caído enamorado del lado artístico de Taiwán, o sea que es momento de dirigirse hacia el Love River, o Río del amor, un sitio que también ha sido recuperado y hermoseado con jardines y arte, así como con luces de neón que sirven como un buen final para un recorrido por la revolución creativa taiwanesa.


Guía práctica

CÓMO LLEGAR
Nuestra experiencia: Volamos con Alaska Airlines a Los Ángeles y luego a Taipei con China Airlines.
Otras opciones: Aeroméxico, Volaris, Continental, United y American Airlines también ofrecen vuelos directos a Los Ángeles. Para volar a Taipei, se puede volar con la aerolínea taiwanesa Eva Airways.

CUÁNDO IR
Como la isla se ubica sobre el Trópico de Cáncer, el clima es generoso casi todo el año. Una buena época para acudir es durante las celebraciones del Año Nuevo Lunar chino y los festivales de linternas. También vale la pena ir para los festivales de arte anuales. Este año destacan el Festival Internacional de Arte de Taiwán y la segunda feria Art Revolution Taipei.

DÓNDE DORMIR
Nuestra experiencia: Nos hospedamos en el Sheraton Taipei. Ideal para viajeros de negocios, bien ubicado, con un staff esmerado y facilidades de conexión. Recientemente remodelado a fondo, decoración sobria y elegante, con detalles tradicionales chinos en todos los pisos y en sus casi 700 habitaciones y suites. Sus nueve restaurantes y bares ofrecen igual cocteles y buffets, que altas especialidades gastronómicas orientales y occidentales.
Otras opciones: The Grand Hotel. Uno de los hoteles ícono de la ciudad, con su fachada de elementos clásicos de la arquitectura palaciega china y guiños occidentales en la decoración. The Sherwood Taipei. Hotel de lujo al estilo europeo, ubicado en zona céntrica de fácil acceso a las atracciones principales. Cuenta con restaurantes internacionales, centros de negocios y spa.

QUÉ COMPRAR
Artesanías talladas en madera y jade, té y accesorios para su preparación, así como ropa en los mercados nocturnos. Por supuesto, piezas de artistas locales.

TRÁMITES MIGRATORIOS
Los mexicanos necesitan visa para entrar a la República de China (Taiwán), misma que se tramita en la Oficina Económica y Cultural de Taipei (OECT) en México. A partir del 1 de marzo, debe llenarse la solicitud en línea e imprimirse en https://visawebapp.boca.gov.tw, para luego llevarla en persona o enviarlos por correo postal a la OECT, ubicada en Paseo de la Reforma 1945, Col. Lomas de Chapultepec, C.P. 11000.

MONEDA
La moneda es el dólar taiwanés, aproximadamente 30 por dólar. Hay una amplia red de cajeros automáticos y las tarjetas son aceptadas en muchos lugares.

TOMA EN CUENTA
El idioma oficial es el chino mandarín y muy poca gente fuera de los prestadores de servicios turísticos habla inglés. Si tomas un taxi o harás recorridos por tu cuenta, asegúrate de pedirle a alguien que te escriba la dirección con caractares en chino en un papel.

DÓNDE COMER
En Taipei. El restaurante Din Tai Fung es una leyenda del vecindario asiático por sus dumplings. Una sucursal se ubica en el vibrante barrio de Xinyi.
En Kaohsiung. Los famosos platillos de cordero y oveja se pueden degustar en los restaurantes Mutton del distrito de Gangshan, cerca de Gongyuan Road. La comida vegetariana del restaurante dentro del Buddha Memorial Center es una opción sencilla, rápida y deliciosa, por la cual se otorga una donación voluntaria. Por respeto, se recomienda evitar dejar restos de comida en el plato.

Más información
www.alaskaair.com
www.china-airlines.com/en
www.sheraton-taipei.com
www.grand-hotel.org
www.sherwood.com.tw
www.taiwanembassy.org/MX
www.dintaifung.com.tw
www.fgs.org.tw
www.taiwantourism.org
eng.taiwan.net.tw
www.welcome2taiwan.net

Fuente: Reforma.com