miércoles, 8 de junio de 2011

El mantra del Himalaya

De Manali a Leh, unos 500 kilómetros de asfalto desfigurado por el invierno atraviesan el corazón montañoso de la India
PEDRO CASES - 04/06/2011

Sentir el vértigo de estar a la altura de las nubes, experimentar la sensación de poder mirar a las águilas a los ojos, sumergirse en los impresionantes silencios de piedra y hielo, dejarse arrullar por el mantra ininterrumpido del agua corriendo por las laderas y los valles o ir en busca de una serena espiritualidad siguiendo el eco ronco de las trompas que hacen sonar los monjes en los monasterios budistas son excusas más que justificadas para realizar la travesía de Manali a Leh, un recorrido de 475 kilómetros, en el que hay que invertir dos o tres días, y que atraviesa algunos de los puertos de montaña más altos del mundo, en concreto el segundo, según el libro de los récords Guiness.



Anécdotas al margen, la carretera que une estos dos auténticos iconos turísticos de la India, en los que se mezclan en los cortos meses del verano los monjes tibetanos con los últimos hippies y los tolerantes y amables habitantes de las montañas con numerosos mochileros y amantes de los deportes de aventura, se encuentra aislada en medio de una geografía atormentada y a veces violenta en la vertiente sur de los Himalayas, allí donde la India parece querer ponerse de pie.

La crudeza del clima hace que este trayecto de subidas prolongadas pero sin desniveles muy abruptos, cada vez más frecuentado por ciclistas, solo permanezca abierto entre los meses de junio y mediados de septiembre. El resto del año queda sepultado bajo toneladas de hielo y nieve, cuya erosión deshace el asfalto y desfigura su trazado, obligando al Ejército, su propietario, a repararla cada nueva temporada.

Arroz y marihuana
Manali, en el extremo norte del valle de Kulu, compensa la fealdad de una desmedida presión urbanística con un entorno de una belleza impactante, donde se funden en perfecta armonía el agua que fluye por todos los lados y el verde intenso de las praderas, los arrozales, los maizales, los manzanos, los enormes matojos de marihuana que crecen por doquier y los bosques de cedros que proporcionan un caparazón de puerco espín a las laderas verticales que, como contrafuertes, se precipitan desde las cimas nevadas que rodean la ciudad.

En la parte antigua todavía quedan casas de madera y lajas de piedra, con ventanas decoradas en barro y puertas curiosamente pequeñas, cuya finalidad era la de protegerse de los demonios, quienes al andar erguidos no podían entrar en las viviendas. En las cercanías abundan monasterios, palacios y templos, algunos tan sublimes como el santuario de la diosa Hadimba, de varios pisos de altura, construido todo en madera en 1553, y otros curiosos, como el palacio de Naggar, antigua capital del valle de Kulu, que el rajá Gyan Sing cambió al mayor Hay del Ejército británico por una pistola en 1846. Pero no hay que alejarse mucho en dirección norte para que este oasis empiece a mudar de piel, desaparezcan los árboles y empiecen a espejear las estrías de mica de la roca desnuda de las montañas anunciando el paso de Rohtang, a 3.915 metros de altitud. Una transformación radical que, sin embargo, puede observarse metro a metro, pues se va produciendo como a cámara lenta a lo largo de las más de tres horas que se emplean para recorrer apenas 50 kilómetros.

Al otro lado de esta frontera natural que da paso a los valles de Lahul y Spiti, la carretera se convierte en una especie de juguete roto olvidado a los pies de unas imponentes montañas teñidas con todas las gamas posibles de marrón que, por momentos, parecen apelmazarse hasta formar una barrera infranqueable y que, sin embargo, unos kilómetros más adelante se abren para dar cabida a pequeños valles donde se asienta algún pueblo y en los que es posible ver minúsculos campos de cultivo, retorcidos olivos desafiando al viento y, últimamente, algunos campamentos estables para pernoctar con relativa comodidad.

En las cimas, los glaciares, algunos tan espectaculares como la Dama de Kylong, parecen burlarse de los amedrentados viajeros sacándoles sus enormes lenguas de hielo. El deshielo permanente dibuja cascadas tan impresionantes como la de Sissu, engendra lagos, como el del Sol, crea ríos o alimenta otros más poderosos, como el Chandra, el Isharb o el Zara Chu, que se cruzan por pontones que en invierno se quitan.

Paisajes asombrosos que se suelen admirar con el corazón en un puño, sobre todo cuando la pista escala entre precipicios para coronar cualquiera de los sobrecogedores puertos que hay que salvar para llegar a Leh: Baralancha (4.892 metros); las 21 revueltas del Nakeela (4.937 metros); el Lachulung (5.077 metros), y el Taglang (5.328 metros), el teórico segundo más alto del mundo.

Un rosario de estupas
El descenso hacia la capital de la región de Ladahk, a 3.500 metros de altitud, es vertiginoso y está marcado, nada más alcanzar el valle del caudaloso Indo, por la aparición de un rosario de estupas, templos y monasterios, decorados por cientos de banderitas de colores en una delicada escenografía.

Leh se transforma en verano en un inmenso bazar, en el que abundan las pequeñas agencias que organizan cualquier tipo de excursión a los alrededores, incluida Cachemira, visitas a la infinitud de centros religiosos y espirituales de la zona o actividades deportivas.

El turismo ha hecho renacer la vieja prosperidad que alcanzara esta ciudad en las épocas en las que era un centro vital en las rutas de caravanas entre el Punjab y Asia Central y entre Cachemira y Tíbet. Por cierto, para los amantes de los récords, el puerto de carretera más alto del mundo, el Kardung (5.830 metros), se encuentra a tan solo 38 kilómetros de Leh.