jueves, 15 de marzo de 2012

Los pitos de San Juan: Cuando la fe mueve montañas


Cuando vives en el Bajío, especialmente en las poblaciones cercanas a la carretera federal 45, la que lo cruza desde Apaseo hasta León, hay algo que vemos pasar año con año desde mediados del mes de enero hasta los primeros días de febrero: los "Sanjuaneros". Son cientos y cientos de personas que salen caminando desde sus lugares de origen y su objetivo es llegar a pie hasta el Santuario de la Virgen de San Juan de los Lagos, en el estado de Jalisco. Normalmente son peregrinaciones de varios cientos de personas, hay algunas que las conforman solo ciclistas pero la mayoría lo hace a pie. La carretera de pronto se vuelve un río de gente, especialmente cuando está más próxima la fiesta, que inicia el 25 de enero y termina el 2 de febrero. Estandartes, altares, imágenes, todas de la Advocación Mariana de San Juan de los Lagos pasan una, otra y otra más, son cientos...
Esto no es nuevo, la peregrinación a San Juan se viene realizando desde hace mucho tiempo, no se la fecha exacta pero seguro que se ha dado masivamente desde hace casi un siglo. Dependiendo la ubicación de los pueblos de salida de la peregrinación estos tomarán incluso veredas o caminos alternos para acortar la distancia, como ejemplo podemos ver a este contingente que venía de por el rumbo de Dolores Hidalgo y tomaron el camino de terracería que cruza parte de la Sierra de Guanajuato a espaldas del Cerro del Cubilete, esta es una peregrinación, digamos que, de las medianas en cuanto al número de participantes. El recorrido les llevará unos cinco días, dormirán en tiendas de campaña, irán cantando y rezando a lo largo del camino, cada mañana iniciaran la jornada luego de oír misa pues habitualmente van acompañados de algún presbítero. Las comidas se realizarán a la intemperie, al cruzar por una ciudad aprovecharán para aprovisionarse y seguir el camino. Indudablemente que la fe mueve montañas.
En San Juan de los Lagos se volverá una auténtica y multitudinaria romería, el acceso sur de esa población se bloquea completamente, el poblado se desquicia durante largos quince días en que reciben unos dos, tal vez tres millones de peregrinos, y el mero día de la fiesta, aquello se vuelve un torbellino humano. Las misas se suceden una a otra desde la hora prima hasta la hora nona cada hora, se deja solo libre un pasillo de casi 60 centímetros de ancho al centro del templo que es por donde aquellos que han prometido entrar al Santuario de rodillas, que son muchos, harán ese esfuerzo final, concluida la visita comienza la fiesta. En rededor del templo se expenderán todo tipo de cosas, bisutería, algo de joyas de mediana calidad, ropa, muchos enseres domésticos, comida, fritanguería, en fin, una auténtica feria, y antes, hace medio siglo y antes se vendía algo que era un recuerdo y que los peregrinos los compraban por docenas: los pitos.

Los pitos (o silbatos) de San Juan fueron durante muchos años una de las tradiciones más arraigadas de los peregrinos, de los Sanjuaneros. Eran los tiempos en que Ferrocarriles Nacionales de México aun tenían el servicio de pasaje. Y la estación de San Juan de los Lagos se abarrotaba también de Sanjuaneros, pero no de ida, pues llegaban caminando, sino de regreso. En maremagnum se volvía la estación del tren en esos días de fiesta. Seguramente cansados al extremo, con ganas de dormir cómodamente en casa y ya no más a la intemperie los sanjuaneros incluían como parte del ritual del pago de la manda a la Virgen la compra de una buena cantidad de pitos, de pitos de San Juan.

Y esto que vemos en la fotografía es un auténtico y original Pito de San Juan. Pensé ya no los hacían, son bastante primitivos, muy sencillos; están hechos de barro y coloreados con esas tinturas que al más puro modo artesanal se hacen con tonos rosa mexicano, azul cobalto y un verde oscuro, había también los que no se coloreaban y de dejaban en el tono original de barro cocido. Antes cuando se lo llevaba uno a la boca, regularmente se quedaba adherido a los labios, esto por los tintes primitivos que se usaban...

Recordarás que te he contado en varias ocasiones que yo vivía a escasa cuadra de la estación del tren y que el reloj lo identificábamos según el paso de los distintos trenes. Ya para los primeros días de febrero todos sabíamos que por la estación pasarían los Sanjuaneros, los que traían pitos y que, como marca la tradición los iban regalando a lo largo del camino que los llevaría a su destino, el regalo se hacía a los niños. En ocasiones esos trenes con peregrinos ahora viajando sentados no se detenían en la estación, así que las ventanas de los vagones se abrían y solo se veían salir manos que arrojaban pitos. Muchos niños corrían siguiendo al tren gritando: dame mi pito!, dame mi pito!, mi pito de San Juan!

Muchos de los pitos acaban despostillados o quebrados pues, al no ser atrapados, se estrellaban contra la grava que se coloca entre los durmientes de las vías, muchos se quedaban allí y, como ese era el paso obligado para llegar a mi casa, mi colección de Pitos de San Juan crecía y crecía pues, como la tradición marcaba que esos eran para los niños, en aquellos benditos años, siendo yo el menor de los moradores de esa casa, los pitos eran para mi.

Gran sorpresa me llevé en esta última visita que hice a la ciudad de Guanajuato el ver en una de esas emblemáticas calles estrechas a un vendedor que, con su manta en el suelo colocó un mágico display (ahora así se dice) en donde había, entre otras cosas, algunos pocos Pitos de San Juan, pensé ya no los hacían, tal vez a él se le quedaron almacenados de tiempo atrás. Me sorprendí y le pregunte: Son Pitos de San Juan, verdad?... solo asentó con la cabeza. Y esos que ves en las fotos son los pitos que esta vez ya nadie me arrojó por la ventana del tren, sino que, como preciadas antiguedades las adquirí y me hizo recordar esta historia que ya la tenía olvidada, la historia de Los Pitos de San Juan.

Fuente: vamonosalbable.blogspot.com