martes, 23 de agosto de 2011

Mundo huichol

En la sierra nayarita habita una comunidad huichola que permite al viajero convivir con ella, apreciarla y descubrir sus tradiciones

Domingo 17 de julio de 2011

Viridiana Ramírez | El Universal

POTRERO-LA PALMITA, Nayarit.- Ese rayo, del que vimos salir fuego, alumbró nuestra penumbra. Las tres brincamos de miedo. Una fuerte tormenta cae sobre la Sierra Madre Occidental. Entre truenos, el cricar de los grillos, el croar de los sapos, el rebuznar del burro y el zumbar de los zancudos empieza la historia de Marina, huichola de 45 años a la que hoy le ha tocado cuidar el Centro Ecoturístico Tawexikta ("lugar del sol" en lengua wixaritari). La luz del sol se marchó a las siete de la tarde y con él la electricidad de los paneles solares. Esta noche sólo la tormenta eléctrica, veladoras y una lámpara alumbran nuestros pasos.

Marina dice que el agua llega hasta las montañas, gracias a Takutsi Nakawé, la gran Madre. Ella es una de sus principales deidades, la que se encarga de hacer crecer el maíz, de poner "verdecita" toda la sierra y volver la tierra fértil para que los mangos, los papayos, los ciruelos, las cactáceas, los pinos y los cedros crezcan, embelleciendo ese paisaje envuelto por grandes cerros y una presa llamada Aguamilpa. Es ahí donde los niños se divierten nadando y compitiendo por el mejor clavado, donde las mujeres blanquean la ropa restregándola sobre las rocas. ¿Y los hombres? "Ellos se hacen más pa'allá, se van a la islita a pescar", responde Marina.

La plática nos ha abierto el apetito. "Vénganse vamos a tortear para cenar". Cruzamos el comedor casi corriendo, los zancudos parecen también hambrientos, revolotean por todos lados. Para evitar los piquetes apagamos todo objeto que emita luz. En la cocina, la leña arde y cruje, el comal está listo para ver a Marina en acción, parece que ella sí sabe convivir con los bichos.

Tortear no es devorar un bolillo, es hacer tortillas, y lo realizan únicamente las mujeres. Las tortillas son uno de sus alimentos básicos, así que tortean tres o cuatro veces al día. Es una obligación, pero también una habilidad saber mezclar Maseca, harina y agua; amasar, hacer bolitas y, entre palmadas, formar la tortilla que va directo al fogón. "Deben quedar delgaditas y grandes", me explica Marina en mi intento fallido de tortear. Mañana practicaré de nuevo la técnica y hasta prepararé la cena.

El vapor levanta la tapa de la olla. El café está hirviendo, la canela que le ha puesto para darle sabor ya impregnó el ambiente. El aroma se ha fijado hasta en nuestras ropas. En menos de media hora tenemos tortillas y huevos revueltos con nopales. Alma, mi compañera, quiere cooperar y se anima a martajar la salsa. Los jitomates y chiles se hirvieron para ver su final en un molcajete. Ahora sí, la cena está lista. Marina sigue contando su historia.

Antes de pasar la primera noche en esta comunidad huichola, ya sabemos que ahí viven 50 familias, que los hombres mantienen los hogares, aunque para ello se tengan que ir de casa por casi una semana; las mujeres se dedican a elaborar artesanías y a mantener limpio el hogar; los niños estudian hasta la preparatoria porque no hay más. Ese día el hijo de Marina se ha graduado de la secundaria. Ella se siente orgullosa de que concluya sus estudios.

El chico bailará El Fantasma de la Ópera, con todo y máscara. La fiesta se hizo en grande, Marina hasta nos convidó del cebiche de camarón y el pollo en pipián que le cocinó a su comadre, la que le compró el atuendo a su hijo.

Crisis nocturna

La tormenta nos da tregua para correr a nuestra cabaña. Al abrir la puerta vemos que alguien ha entrado para encender dos veladoras y cubrir nuestras camas con pabellones y así poder descansar sin que los insectos hicieran de las suyas. Pero fue demasiado tarde. Cómo batallamos. Ni el raidolito, ni las aplicaciones del celular, ni las veladoras, ni el pabellón los ahuyenta. El adobe de las paredes atrapó todo el calor del día, así que la temperatura es otro factor que impide nuestro descanso.

Vislumbramos el alba. La humedad nos despierta antes de que cante el gallo. Buscamos un respiro de aire fresco pero es imposible, sólo sentimos ese calor de 25° C, al menos es lo que alcanzo a ver en la pantalla de mi celular antes de que se agote la batería. La luz sigue brillando por su ausencia.

Son las seis de la mañana. Como caída del cielo aparece Ernestina, la joven administradora de las cabañas. Mientras trenza su larga y negra cabellera, pregunta que cómo pasamos la noche. Ante nuestras quejas sonríe y dice que no aguantamos nada. Ella ni siquiera tiene pabellón y su rostro se ve tan descansado y su cuerpo libre de piquetes, que hasta envidia nos da.

Queremos estar bañaditas para el desayuno. Las cocineras Bartola y Tere no tardan en llamarnos. De la regadera no cae ni una gota. Los rayos del sol aún no aparecen para cargar de energía y echar a andar la bomba de agua, así que nos aseamos como Ernestina, Marina, Bartola y todas las personas que habitan la comunidad, a jicarazos de agua fría que sacan de una pileta. Dos botes son suficientes para Alma y para mí. Ni siquiera titiritamos, ese chapuzón frío es una bendición para librarnos del sudor nocturno y despertar por completo.

Ernestina enciende el altavoz y golpea tres veces el micrófono. De una bocina sale el anuncio que transmitirá a toda la comunidad. El llamado me recuerda a los que hacen en los supermercados. "Queremos felicitar a Mónica, quien hoy cumple 16 años. Hoy que sales de los 15...", la risa de Ernestina interrumpe el mensaje, ya no sabe que más decir, mejor enciende su radio y suenan las clásicas Mañanitas. La voceada le ha costado al papá de Mónica cinco pesos.

Después del desayuno -arroz y bistec a la mexicana-, Ernestina vocea a las artesanas y al marakame, el chamán del pueblo. Los cita en la plaza, ahí donde las mujeres exhiben su trabajo, que nos parece todo un arte, y donde a nosotras no nos importa gastar.

Para ir a comprar tenemos que salir del centro ecoturístico, conformado sólo por cuatro cabañas y un comedor general. Ernestina nos acompaña y a nuestro andar se unen Estrellita (seis años) y Elvia (12 años), sobrinas de Marina. Ellas llevan en su morralito lo que nos quieren vender.

Ojos maravillados

Las mantas de algodón, sobre el piso o en tablas de madera, se han extendido. Lo que a veces vemos tras una vitrina de alguna tienda, hoy está a nuestro alcance, no sólo físicamente, también de nuestro bolsillo. Anillos, collares, aretes, llaveros, pulseras, blusas bordadas, bolsas tejidas en estambre, jícaras y cuadros, todo hecho a mano.

Hoy sólo han venido 10 artesanas. Examinamos puesto por puesto. Alma se sorprende con las pulseras. Marina ya nos había dicho que para hacer una se llevan hasta una semana, depende de que tan grande sea. Delicadeza, color y exactitud es lo primero que resalta en sus diseños. Cada chaquira es cosida una por una, hasta formar la figura deseada. La mayoría tienen la flor del híkuri (peyote), es la cactácea que los representa, la que ellos consideran su guía espiritual.

El híkuri también se plasma junto al venado (marratutuyari), su animal sagrado. Dice la leyenda que cuatro jóvenes marcharon de la sierra (representando a los cuatro elementos naturales) hacia el Wirikuta, centro sagrado de los huicholes ubicado en Real de Catorce, para pedirle a Dios lluvias y sustento.

Tras varios días de caminata y sin fuerzas para continuar, apareció un venado. Los jóvenes lo persiguieron, sería su alimento, pero el animal desapareció sin dejar rastro alguno. De pronto uno lanzó una flecha que fue a caer en una gran figura de venado formada en la tierra con plantas de peyote. Todas juntas brillaban con el sol, como si fueran esmeraldas. Confundidos, decidieron cortar las plantas y llevarlas a su pueblo. Comenzaron a repartir el peyote a todas las personas, mismo que los curó alimentó y les quitó la sed.

El Ojo de Dios, que también encontramos como artesanía, es un instrumento religioso y de protección. Representa los cuatro puntos cardinales, todos se juntan en el centro, en el "fuego viejo". Los padres tienen que elaborar un "ojo" cada año a los niños recién nacidos, para que los proteja por cinco años consecutivos.

En el centro artesanal hemos gastado un aproximado de mil pesos. Inversión que no pesa, pues adquirimos pulseras, collares, anillos, Ojos de Dios, cuadros tejidos con estambre y tacuats, morrales tejidos que acostumbran llevar todos, incluido Aurelio, el chamán. Ahí guarda las muvieris (flechas de bambú con plumas de aguilillo). Y con éstas nos va a limpiar.

Aurelio nos lleva al caliguey, el cuarto de las limpias. No mira a los ojos, sólo se concentra en pasar, una y otra vez, por cara, brazos, cabeza, pecho y piernas, las muvieris. Balbucea y sopla las plumas. En 10 minutos estoy "limpia". El mal que me ha curado lo sabré mañana, pues es durante la noche, ayudado de la luna y unas velas, que Aurelio sabe lo que sacó de mi alma. El costo es de cooperación voluntaria.

El resto del día se nos va entre clases de huichol, que nos dan Estrellita y Elvia. Vendrán después las lecciones para aprender a elaborar artesanías en chaquira. Marina nos llevará a su casa y nos invitará agua de Jamaica. La flor la corta de su sembradío. También recolectará algunas frutas. Antes de que llegue la noche y la luz se vuelva a ir, conoceremos a doña Lupita, la mujer de más edad en toda la comunidad.

Los truenos anuncian otra noche de lluvia torrencial. Los insectos ya no harán de las suyas, hemos colocado el pabellón sobre nuestras camas y encendido el raidolito a tiempo. La velada la animamos con café, quesadillas y, al final, una cerveza con la que Marina nos dice adiós y espera vernos volver.